Centro de Arte Contemporáneo de Málaga


Decía Oscar Wilde que “El hombre no ve las cosas hasta que ve su belleza”. Ya desde temprana edad he sentido una especial atracción por las cosas bellas o al menos por lo que bajo mi consideración tenía el atributo de bello.

La vida me ha ofrecido la oportunidad y el privilegio de poder viajar más que el común de los mortales, por lo que mis ojos han podido disfrutar en presente de la contemplación de obras tan hermosas como el Pórtico de las Cariátides del Erecteión en Atenas, la Mezquita Azul de Estambul, las cascadas de “algodón” de Pamukkale, la pinacoteca del Vaticano o la Galería de los Oficios de Florencia, donde quedé absorto ante las obras de Giotto, Botticelli, Leonardo, Rafael, Caravaggio o Miguel Ángel.

La devoción por la belleza y por la capacidad de generar cosas llenas de dignidad y excelencia, ha sido uno de los testimonios más significativos de las que fueron grandes civilizaciones. Esta búsqueda de la estética y la perfección es lo que puede transformar la vida de un ciudadano, propiciando el abandono de ámbitos llenos de mediocridad y especulación.

Soy consciente de que lo que voy a manifestar va a servir para ser tildado de memo, cateto, ignorante, necio, inculto o simplemente idiota. Lo sé y así lo asumo. Y esto viene a cuento porque el pasado sábado, movido (una vez más) por el deseo de contemplar lo que de bello es capaz de manifestar el hombre, en sus más diversas expresiones, me propuse visitar el CAC-Málaga (Centro de Arte Contemporáneo), actualmente instalado en lo que fueran las dependencias del antiguo Mercado de Mayoristas. Paseando por la nave del ya extinto mercado de abastos (por cierto no habíamos más que cuatro visitantes) y contemplando las obras pictóricas y escultóricas allí expuestas, tuve la sensación de que alguien pretendía tomarnos el pelo.

Mi sensación tras abandonar el CAC-Málaga fue de absoluta decepción. Salí igual que entré, o peor; quizás un poco más cabreado, más molesto, más defraudado. Excepto por un par de flashes, en ningún momento tuve la sensación de haber contemplado la obra de artistas dispuestos a cambiar el mundo. Más bien, tuve la sensación de haber asistido a una pantomima, eso sí, de mal gusto.

Escribió Anton Chejov que “las obras de arte se dividen en dos categorías: las que me gustan y las que no me gustan. No conozco ningún otro criterio”. A mí, que soy un simple consumidor, un vulgar espectador, me ocurre lo mismo. Lo que he visto este sábado no me ha gustado. Es más, no me ha gustado nada.

Hyla Iberica central